por Redacción
Se cumplen 19 años del fallecimiento del escritor, humorista gráfico y uno de los autores más entrañables de la literatura argentina, Roberto "El Negro" Fontanarrosa. En una coincidencia que parece salida de alguna de sus propias obras, la fecha coincide con la final del Mundial de Fútbol entre Argentina y España.
El encuentro decisivo trasciende lo deportivo y adquiere un significado especial para la cultura argentina. Mientras la pelota vuelve a ocupar el centro de la escena, también recordamos a uno de los intelectuales que mejor supo retratar la pasión futbolera, el lenguaje de las tribunas y la épica de los hinchas. Con su obra, Fontanarrosa no solo acercó la literatura al público más futbolero, sino que también logró despertar el interés por el fútbol en lectores que nunca habían sentido afinidad por ese universo, según un trabajo presentado por la Secretaría de Cultura de la Nación este domingo.
Nacido en Rosario el 26 de noviembre de 1944, Fontanarrosa nunca ocultó que sus dos grandes pasiones eran el dibujo y el fútbol. Fanático irremediable de Rosario Central, logró derribar los prejuicios academicistas que separaban a las letras de las canchas. Cuentos memorables como 19 de diciembre de 1971 (una joya literaria sobre la locura de un hincha por el clásico rosarino), o personajes como el Viejo Casale demostraron que el fútbol es, ante todo, un hecho cultural.
En 1954 el pequeño Fontanarrosa, con diez años, fue a la cancha por primera vez a ver al club de sus amores que jugaba frente a Tigre. "Si hubiera que ponerle música de fondo a mi vida, sería la transmisión de los partidos de fútbol", dijo alguna vez.
Para Fontanarrosa, el fútbol no era solo juego de once contra once. Era un compendio de mitologías, cábalas, tragedias griegas de noventa minutos y, por sobre todas las cosas, un espacio sagrado de amistad y debate en la mesa del bar El Cairo, en la esquina de Sarmiento y Santa Fe, en Rosario, sentado a la metafórica «mesa de los galanes», escenario de muchos de sus mejores cuentos.
Hincha fanático de Rosario Central, el fútbol fue en su vida un territorio sagrado y también una fuente inagotable de inspiración literaria. Su visión del deporte más popular del país trascendió la cancha, convirtiéndose en metáfora de lo humano, lo trágico y lo cómico, que plasmó en las crónicas de No te vayas campeón y en la recopilación de cuentos Puro fútbol, por mencionar algunos de sus trabajos memorables relacionados con esta temática. “Asocio al fútbol con la amistad. Siempre me reúno con un grupo de amigos para jugar, ir a la cancha o ver partidos por televisión”, dijo en alguna oportunidad.
Desde muy joven, el "Negro" encontró en el dibujo y las palabras una forma de retratar las contradicciones de la vida cotidiana. En 1968 publicó su primera viñeta humorística en el número uno de la revista Boom de Rosario. Dos años después creó a Boogie el Aceitoso, una parodia del agente secreto James Bond. Algunos de aquellos capítulos se publicaron en la revista Tinta. "Sé que Boogie me despreciaría mucho, por sudamericano de un país periférico. No entraría dentro de sus amistades", dijo una vez el propio Fontanarrosa sobre su personaje.
Junto con sus colegas Caloi, Ian y Lolo Amengual colaboró en las revistas Hortensia y Satiricón, y creó al famosísimo gaucho Inodoro Pereyra y a su perro parlante Mendieta. A través de estos y otros tantos personajes, el dibujante narró historias que fueron cristalizando la figura gauchesca y la idiosincrasia de la pampa argentina. Sobre la introducción de Mendieta en sus tiras, Fontanarrosa explicó: "Es muy difícil meter un caballo en un cuadrito de historieta, por lo tanto apareció un perro. Y se llama Mendieta, porque me causaban gracia los perros con nombres humanos".
Luego, con la fundación de la revista Mengano, comenzó a trabajar allí y, a partir de 1976, Inodoro Pereyra se publicó en el diario Clarín.
Además de su carrera de dibujante y humorista, en 1981 publicó su primera novela, Best Seller, considerada por muchos como un clásico de la literatura de humor. Con una capacidad única para combinar humor y reflexión, Fontanarrosa también incursionó en la narrativa con cuentos inolvidables que hoy integran el canon afectivo y literario de nuestro país: El mundo ha vivido equivocado, No sé si he sido claro y La mesa de los galanes, son algunos de los títulos que publicó.
Fontanarrosa siguió escribiendo aún luego de ser diagnosticado con ELA (esclerosis lateral amiotrófica). Su testimonio de vida, su lucidez y su calidez lo convirtieron en una figura muy querida. En 2004 participó en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, donde desarrolló su exposición sobre las malas palabras. Allí señaló: “La pregunta que ahora me hago es por qué son malas las malas palabras. O sea, quién las define. Por qué, qué actitud tienen las malas palabras. ¿Le pegan a las otras palabras?, ¿Son malas porque son de mala calidad?”. A partir de ahí comenzó a reflexionar acerca de la intención y sentido que le damos a determinados términos y logró aplausos y carcajadas del auditorio.
El 26 de abril de 2006, el Senado de la Nación le entregó la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento, en reconocimiento a su vasta trayectoria y aportes a la cultura argentina y ese mismo año recibió en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en México, el premio "La Catrina", reconocimiento que cada año se entrega en el Encuentro Internacional de Caricatura e Historieta. También recibió el Premio Konex de Platino en 1994 y el Diploma al Mérito en 1992, 2004 y 2012 (este último in memoriam). En 2014, por ordenanza del Concejo Municipal de Rosario, su casa natal fue declarada esquina “Roberto Fontanarrosa” .
En enero de 2007 anunció que ya no volvería a dibujar porque había perdido completamente el control de su mano derecha como consecuencia de la enfermedad. Falleció el 19 de julio de 2007 en Rosario, a los 62 años. Su despedida fue multitudinaria. Su velatorio, en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia que cinco años después fue bautizado como Centro Cultural Roberto Fontanarrosa en su honor, reunió a miles de personas que fueron a despedirlo.
El cortejo fúnebre pasó frente al estadio Gigante de Arroyito, en un último homenaje al club de sus amores, y luego continuó hacia el cementerio.
La trayectoria de Fontanarrosa fue reconocida tanto por instituciones académicas como por el afecto popular, un hecho que quedó simbolizado el día de su fallecimiento, cuando la ciudad de Rosario declaró el luto y las banderas ondearon a media asta. Respecto a los honores, el autor mantuvo siempre una postura de humildad característica: "De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: "Me cagué de risa con tu libro".
Hoy, a 19 años de su muerte, la coincidencia entre su aniversario y una nueva final mundialista parece escrita por alguno de sus propios personajes. Cuesta no imaginarlo compartiendo la previa con los amigos de la Mesa de los Galanes, entre cábalas, discusiones futboleras y el humor que lo convirtió en un clásico de la cultura argentina.
Más allá del resultado que arroje el partido, la cultura argentina ya tiene una victoria perdurable en la obra de Roberto Fontanarrosa. Mientras exista un potrero, una tribuna, una sobremesa de café o un hincha dispuesto a contar una anécdota inolvidable, sus personajes y sus historias seguirán demostrando que el fútbol puede ser también una de las formas más profundas de la literatura.