13/01/2026 - Edición Nº3582

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Qué comer en verano para reducir la pesadez digestiva

08:10 | El verano suele traer pequeñas licencias: horarios más flexibles, sobremesas largas, picoteos improvisados y esa sensación de que el cuerpo pide cosas frescas casi todo el tiempo. Entre reuniones al aire libre, escapadas de fin de semana y noches más largas, no siempre prestamos atención a cómo combinamos lo que comemos con el calor, el movimiento y el descanso. Sin embargo, el modo en que armamos el plato en esta época tiene mucho que ver con cómo nos sentimos después de comer, especialmente cuando aparecen pesadez, hinchazón o malestar estomacal que parece no tener explicación evidente.


por Redacción


Platos ligeros que ayudan a la digestión en días calurosos
El verano ofrece una oportunidad ideal para inclinar la balanza hacia alimentos más amigables con el estómago. Las frutas de temporada como melón, sandía, frutillas, ananá o duraznos aportan agua, fibra, vitaminas y minerales en una combinación que refresca y, al mismo tiempo, colabora con el funcionamiento intestinal. Ensaladas con hojas verdes, pepino, tomate o zanahoria pueden convertirse en un eje central del plato, sobre todo cuando se acompañan con fuentes de proteína magra.

Los pescados a la parrilla, el pollo a la plancha, los cortes magros de carne vacuna o las legumbres bien cocidas son aliados interesantes: sacian, aportan nutrientes claves y resultan más fáciles de digerir que preparaciones fritas. Junto con cereales integrales como arroz integral, quinoa o panes de harina integral, se logra un plato completo que no “cae pesado”, siempre que las porciones sean adecuadas y se eviten las salsas muy grasosas.

Algo similar ocurre con los frutos secos y las semillas. Consumidos en pequeñas cantidades, suman grasas saludables, fibra y micronutrientes. Un puñado de almendras o nueces en la merienda, o una mezcla de semillas espolvoreadas sobre una ensalada, pueden aportar saciedad sostenida y ayudar a que la digestión sea más regular, siempre que no se abuse de la cantidad.

Hidratación y microbiota, dupla clave en verano

La hidratación en verano no es un simple detalle; tiene un impacto directo en la forma en que el cuerpo procesa los alimentos y en la frecuencia con la que vamos al baño. Cuando la ingesta de líquidos es insuficiente, el tránsito intestinal tiende a enlentecerse, lo que se traduce en molestias como constipación, gases y sensación de abdomen distendido. Beber agua durante todo el día, sin esperar a tener sed, ayuda a evitar este cuadro y acompaña la función digestiva.

No solo el agua cuenta. Frutas ricas en agua, verduras crudas, infusiones frías sin azúcar, aguas saborizadas caseras con rodajas de cítricos, pepino, menta o jengibre, e incluso agua con gas pueden sumar. Estas alternativas aportan variedad de sabores y hacen más sencillo mantener una hidratación constante. Las bebidas azucaradas, en cambio, agregan calorías vacías y pueden favorecer picos de glucosa que luego se perciben como cansancio o malestar general.

La microbiota intestinal también juega su papel. Una alimentación que incorpore legumbres, semillas, frutas y verduras variadas ofrece fibra y compuestos que sirven de alimento para las bacterias beneficiosas del intestino. Cuando la microbiota está en equilibrio, es más probable que la digestión sea más eficiente, se reduzcan episodios de inflamación y que el organismo responda mejor a los cambios de temperatura y de rutina propios del verano.

Lo que conviene dejar para otra estación

Algunas elecciones habituales de esta época pueden potenciar las molestias digestivas sin que lo notemos de inmediato. Las frituras, las carnes muy grasosas, las salsas pesadas y los postres muy azucarados enlentecen la digestión y pueden favorecer síntomas como el ardor en el pecho, la acidez o el reflujo gástrico, sobre todo si se consumen en porciones grandes o muy tarde por la noche. Si se suman bebidas alcohólicas en exceso, la irritación de la mucosa digestiva se intensifica y el malestar puede prolongarse durante varias horas.

Las gaseosas azucaradas, los jugos industriales y las bebidas energéticas tampoco ayudan demasiado. Además de aportar grandes cantidades de azúcar, suelen generar sensación de distensión abdominal y eructos frecuentes. Elegir versiones sin azúcar puede ser una alternativa intermedia, pero no reemplaza la hidratación con agua y bebidas caseras más simples. En muchos casos, reducir la frecuencia de este tipo de productos ya marca una diferencia notoria en cómo se siente el cuerpo después de las comidas.

Otra costumbre veraniega que impacta en la digestión es el desorden de horarios. Saltarse comidas, pasar muchas horas sin comer y luego hacer una ingesta muy abundante favorece las sobrecargas digestivas, la somnolencia intensa luego de comer e, incluso, cambios en las señales de hambre y saciedad. Mantener cierta regularidad, aunque la agenda sea más flexible, suele ser una buena manera de evitar esos picos de incomodidad.

Un verano para observar qué nos hace bien

El calor obliga a ajustar ritmos, ropa y horarios; la alimentación no es la excepción. Mirar con más atención lo que ponemos en el plato, cómo combinamos las bebidas y qué hábitos repetimos casi sin darnos cuenta abre la puerta a un verano más amable con la digestión. No se trata de buscar la perfección ni de restringir todo placer, sino de notar qué elecciones nos permiten disfrutar de una tarde al sol sin sentir que el estómago protesta. A partir de ahí, cada persona puede ir afinando su propio mapa de comidas veraniegas que se llevan mejor con el calor y con su bienestar cotidiano.
 

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