por Jorge Joury *
No voy a relatar todas las aberraciones que cometieron los militares y que se convirtieron en crímenes de lesa humanidad, porque son de público conocimiento y repudiadas en cualquier punto del planeta. Pero sí me voy a referir a algunos hechos previos y puntuales que tal vez nos ayuden a entender la situación de caos que vivía la república y que nos llevó a aquel capítulo de exterminio que nos sumergió en la más larga de las pesadillas.
Semanas antes del golpe, todos sabíamos que los días de Isabel Perón estaban contados. El vespertino LA RAZÓN que dirigía el célebre Félix Laiño lo anticipaba y titulaba en cuerpo catástrofe de manera sugerente: HORAS DECISIVAS. El director del diario EL DIA, por entonces que luego fue asesinado por Montoneros, David Kraiselburd, me encomendó ir a la vieja casona de Ricardo Balbín a entrevistarlo y buscar su visión sobre el dramático momento.
Aquel líder radical, tras pitar un cigarrillo, me puso enfrente uno de los títulos que hicieron historia: "Con marcapasos y muletas, llegamos y la democracia se salva". Aquel encabezado en la tapa de EL DIA y que reflejaba el deseo del caudillo radical, convertiría a esa profecía con el paso de los días, en un manojo de letras que fueron a parar al cesto. Detrás de ese telón, la verdad indica que muchos políticos habían ido a golpear la puerta de los cuarteles dado que la situación de violencia en que estaba sumergido el país, no daba para más.
Los militares se sentían los "salvadores de la patria" y embalados como estaban, nadie los pudo parar. Ese golpe de Estado fue el sexto que sufrió la Argentina en 47 años, en un período de alternancia entre gobiernos democráticos y militares que comenzó en 1930, con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, y culminó con la asunción de Raúl Alfonsín, en 1983.
Aquel 24 de marzo, la Junta Militar tomó por asalto el poder que estaba en manos del gobierno democrático encabezado por Isabel Perón, quien había heredado la presidencia después del fallecimiento de Juan Domingo Perón el 1º de julio de 1974.
Ese período nefasto, transcurrido entre 1976 y 1983 tuvo cuatro jefes de Estado, en el plan que llamaron Proceso de Reorganización Nacional: fueron Jorge Rafael Videla (1976-1981), Roberto Eduardo Viola (1981-1982), Leopoldo Fortunato Galtieri (1982) y Reynaldo Antonio Benito Bignone (1982-1983).
Luego de esa pesadilla, el advenimiento del gobierno del radical Raúl Alfonsín trajo consigo el comienzo de una era de estabilidad democrática en el país, aunque todavía debió soportar una serie de alzamientos militares que se extendieron hasta la presidencia de Carlos Saúl Menem, a principios de la década del '90.
Así, el último presidente de facto que tuvo la Argentina fue Bignone, quien gobernó desde el 1º de julio de 1982 hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando Alfonsín asumió el mandato que había recibido en las elecciones realizadas el 30 de octubre.
La muerte de Juan Domingo Perón, el primero de julio de 1974, agravó un escenario político que ya se mostraba inestable con el líder del Partido Justicialista en sus últimos tiempos en la Presidencia, a la que había llegado después de ganar las elecciones de septiembre de 1973, aunque ya con el peso de sus 77 años. Aquel Perón que estaba enfermo, vino al país como prenda de paz. Quería que Balbín lo sucediera, pero no pudo ser. Además. no pudo frenar el accionar de aquellas células guerrilleras agrupadas en dos líneas principales: Montoneros (peronistas) y Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP, marxistas).
El grupo Montoneros, premeditadamente le asestó al viejo general el golpe más duro de su vida, que tal vez precipitó su muerte.El 25 de septiembre de 1973, asesinaron a José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, en un operativo planificado con mucha precisión. El líder sindical se preparaba para retirarse de la casa prestada que habitaba en Avellaneda y Nazca, Capital Federal, a la cual había acudido a dormir después de varias semanas. En esos meses, prácticamente vivía en la sede Azopardo de la Confederación General del Trabajo (CGT), donde en el último piso había improvisado una habitación. Me consta porque allí tuve la oportunidad de entrevistarlo.
En el momento en que “Coca”, su esposa, se disponía a acompañarlo hasta la puerta para despedirlo, sonó el teléfono; no podía colgar. Rucci saludó y siguió camino hacia los dos autos de su custodia armada con itakas que lo esperaban para llevarlo a un canal de televisión. En ese preciso momento, Juan Domingo Perón permanecía en la residencia de Olivos. Hacía dos días que había sido electo presidente de los argentinos por tercera vez, casi con el 62% de los votos. Volvía al poder después de 17 años, peronistas y no peronistas depositaban en él quizás la última esperanza de pacificar un país herido de muerte.
En aquellas circunstancias, el secretario general de la CGT atravesó el pasillo que lo separaba de la calle, pero cometió la imprudencia de salir primero y entró al auto. Allí se produjo una explosión originada por una bomba de humo arrojada desde un departamento contiguo a la casa, en venta. Eso hizo añicos el parabrisas de uno de los autos. Rucci volvió sobre sus pasos y se abrieron entonces para él las puertas del infierno. Los asesinos, desde la casa en venta, comenzaron a disparar con armas largas (FAL, ametralladoras y escopetas Itaka). El primer impacto le atravesó la yugular produciéndole la muerte. Quedó de espaldas y recibió una lluvia de balas que lo hicieron caer boca arriba, sobre la vereda. Con evidente saña, siguieron tirándole al cadáver. En la autopsia se comprobó que había recibido 23 disparos.
Comentan que cuando le dijeron lo que había sucedido, Perón lloró como un chico. Le habían arrebatado la vida a uno de sus hombres de confianza, tal vez su hijo dilecto, el mismo que lo había protegido con su paraguas cuando el charter del retorno, lo trajo desde Italia y pisó suelo argentino en medio de un temporal que se desató en el aeropuerto de Ezeiza, donde me tocó presenciar la secuencia
Meses antes me tocó entrevistar a Rucci y ese hombre diminuto enfundado en una campera de cuero negra y comiendo una manzana, me sorprendió al revelar: "Los montos me quieren matar y también se quieren cargar al general, son zurdos, no son peronistas. Se quieren quedar con el poder".
Este trágico episodio hizo que el 1 de mayo de 1974, Día del Trabajo, en la Plaza de Mayo Perón rompiera definitivamente con la tendencia izquierdista de su movimiento. Ante cánticos críticos de la organización armada Montoneros, Perón los calificó desde el balcón de la Casa Rosada como "imberbes" y "estúpidos que gritan", provocando su retiro masivo.
Montoneros y la Juventud Peronista buscaron aquella celebración para confrontar con la "burocracia sindical" y la presencia de sectores conservadores en el gobierno.
Mientras Perón hablaba, miles de manifestantes de Montoneros coreaban consignas como: "¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa General, que está lleno de gorilas el gobierno popular?".
La reacción de Perón: Enojado por los cánticos que cuestionaban a su gobierno y a su esposa, Isabel Perón, reaccionó diciendo: "...después de veinte años, algunos todavía no están conformes con todo lo que se ha hecho", llamándolos infiltrados. Resultado: Ante la desaprobación de Perón, las columnas de Montoneros se retiraron de la plaza entonando cánticos de protesta, marcando una ruptura total.
Consecuencias: Este hecho marcó el inicio del aislamiento político de Montoneros y una mayor violencia interna en Argentina, pocos meses antes de la muerte de Perón. Apareció la Triple A , Alianza Libertadora Nacionalista.un comando asesino para salir a la caza de izquierdistas y que algunos atribuyen su nacimiento a José López Rega, el monje negro del gobierno.El ministro de Bienestar Social, hombre de confianza de la presidenta y miembro de la logia anticomunista internacional Propaganda Due.
Tras la muerte de Perón, en uno de los funerales más largos de la historia, Balbín lo despidió con un discurso emblemático que lamentablemente no sirvió para unir a los argentinos. "El viejo adversario viene a despedir al amigo", dijo el líder radical con la voz entrecortada por el llanto.
Luego, tras un período de descanso en la ciudad cordobesa de Ascochinga, Isabel Perón había retomado la Presidencia antes del 17 de octubre de 1975, cuando se realizó el acto del Día de la Lealtad justicialista y en la Plaza de Mayo ya se respiraba una atmósfera destituyente: "Si la tocan a Isabel habrá guerra sin cuartel", cantaron los manifestantes encolumnados en movimientos sindicales.
En esos días, el gobierno de los Estados Unidos ya había recibido un lapidario informe de su embajador en la Argentina, Robert Hill, quien dio cuenta de la debilidad de Isabelita e incluso anticipó la inminencia de un golpe de Estado. La suerte estaba echada.
*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información y analista político. El 22 de noviembre de 2017, el Concejo Deliberante de La Plata lo declaró "personalidad destacada en el periodismo".