viernes 23 de julio de 2021 - Edición Nº1947
Impulsobaires » Politica » 12 dic 2019

Punto de vista

Un primer balance del discurso inaugural del presidente Alberto Fernández

Una antigua tradición política e institucional, sin fundamento constitucional que la respalde, establece que el presidente de la República luego de jurar su cargo ante el Congreso reunido en Asamblea, acompañado de su compañero de fórmula, brinde un discurso de inauguración de mandato. Salvo Hipólito Yrigoyen que rehuía prodigarse ante un poder legislativo al que consideraba refugio de los últimos exponentes de las oligarquías regiminosas que habían impedido el desarrollo constitucional y democrático moderno y participativo de la República, ningún presidente rehuyó cumplir con un mandato más formal que legal y tras el juramento, les endilgó a los legisladores de ambas cámaras su alocución pretendiendo fundar en ella los lineamientos básicos y generales del proyecto político al que dedicaría su mandato.


Por: Diego Barovero * / Para ImpulsoBaires.com.ar

Alberto Fernández no fue la excepción y pese a todas las especulaciones  previas en torno a la ceremonia de juramento, trasmision de atributos  y el cumplimiento o no de dichas formalidades, el nuevo presidente no rehuyó de la tradición, prestando juramento ante la Asamblea Legislativa y recibiendo de su antecesor en persona los símbolos presidenciales y hasta fundiéndose en un abrazo que reprodujo el del momento del saludo de la Paz en la Misa en Luján  del 8 de diciembre y luego esbozando ante el Congreso y la ciudadanía en general , a juicio de quien suscribe,  un ajustado y cuidado discurso inaugural en el que sin incurrir en grandilocuencias ni en exageraciones, juzgó críticamente a la administración precedente y sin decirlo expresamente también a la que encabezara entre 2011 y 2015 su vicepresidenta actual, invitando a la unidad nacional, la superación de la mentada “grieta” que no es otra cosa que una antigua antinomia fomentada y auspiciada desde variados sectores del poder (politico, económico, mediático, etc.) como un forma de acumulación de mayor poderío sobre la base de la potenciación de diferencias no solamente las naturales socioeconómicas sino las políticas y hasta culturales.

Ningún país del mundo puede avanzar en un verdadero proyecto nacional de desarrollo integrador si no lo hace sobre la base de acuerdos mínimos sobre políticas de Estado y fundamentado sobre mínimos comunes denominadores en los que se coincida como auténtica expresión del Pueblo de la Nación, con raíces compartidas y una inconfundible actitud de empatía recíproca para avanzar hacia un futuro común y venturoso para el conjunto de la sociedad. Por ello, resultó más que auspiciosa la mención (reiterada en anteriores oportunidades por otra parte cabe reconocer ) del novel  presidente a su antecesor Raúl Ricardo Alfonsin, primer presidente constitucional y responsable de la restauración y consolidación del Estado de derecho vigente hace 36 años, quien con algunos errores y muchos aciertos, supo convocar a la Argentina y a la sociedad en su conjunto sin distinción de banderías ni simpatías partidistas a la epopeya democrática de un proyecto nacional común, en paz, en concordia,  que incluyera la modernización enmarcada en la ética de la solidaridad, principios estos que tienen más vigencia que nunca en pleno siglo XXI. Ello nos permite abrigar una moderada expectativa favorable en términos institucionales ante un escenario socioeconómico que asoma dificultoso para el nuevo mandatario y su equipo.
 

*/ Diego Barovero es presidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano. Profesor de historia, abogado y periodista.

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