domingo 12 de julio de 2020 - Edición Nº1571
Impulsobaires » Politica » 5 feb 2020

Opinión

Partidos políticos abstractos, el problema de la falta de gestión y de los malos funcionarios

Una de las pocas virtudes de la Reforma Constitucional de 1994 negociada por los presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem tuvo que ver con llevar a ese plano a los partidos políticos como “única vía” de organización de la representación para acceder al Gobierno. ¿Por qué tenemos tan malos funcionarios?.


Por: Fabricio Moschettoni, editor de ImpulsoBaires / Twitter @FMoschettoni

Así, entre los nuevos derechos, se plasma en el artículo 38: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático”, y agrega que “su creación y el ejercicio de sus actividades son libres dentro del respeto a esta Constitución, la que garantiza su organización y funcionamiento democráticos, la representación de las minorías, la competencia para la postulación de candidatos a cargos públicos electivos, el acceso a la información pública y la difusión de sus ideas”.

“El Estado contribuye al sostenimiento económico de sus actividades y de la capacitación de sus dirigentes”, indica.

“Los partidos políticos deberán dar publicidad del origen y destino de sus fondos y patrimonio”, también destaca.

La voluntad es clara, por un lado pretendió afianzar el sistema político argentino a través de los partidos, destacar la “partidocracia” como forma de organización, y crear un cable a tierra importante para que puedan atenuarse futuras crisis de un sistema que, aún recuperada la democracia en 1983, permaneció de manera inestable.

Más por impulso de Alfonsín que de Menem, la vigencia de esos nuevos derechos, y sobre todo el plasmado en la letra constitucional en el artículo que destacamos de alguna manera terminan revitalizando al sistema político.

Pero posiblemente ninguno de los dos presidentes se imaginaba que siete años después de esas largas caminatas por Olivos hablando de las modificaciones a incorporar, el sistema político argentino iba a estallar como un ´big bang´ pero en este caso sin sentido, sin creación. Voló por los aires sin presentar más que un vacío multiplicador en expansión constante y sin dar nacimiento a una masa que ocupe el espacio. Algo raro ocurrió, bien a lo argentino: estalló todo y no se creó nada.

Los cacerolazos del 2001, los sangrientos incidentes en Plaza de Mayo como epicentro, el golpe de Estado al presidente Fernando de la Rúa, la inmovilidad para el salvataje del sistema tanto de la UCR como del Partido Justicialista demostraron que lo previsto en el libro sagrado fue letra abstracta de una Constitución que salió con forcejeos, tal vez con algunas buenas intenciones pero conociendo que su único objetivo fue permitir la reelección del riojano.

Pero volviendo al estallido del 2001 y el sistema político, -tal vez siendo ese el punto más cercano conocido del gran problema-, podemos decir que al igual que el ´big bang´ en donde antes de él aseguran que el universo podía ser más observable, el sistema político argentino también. Aunque en el momento de nuestro “cataclismo cósmico” el tiempo fue algo más extenso que la trillonésima parte de segundo que habría durado el origen de todo, hace como diez mil millones de años, o tal vez veinte mil. Es decir, con esa variable de tiempo mayor hubo un aviso, o varios, y existió además una forma de actuar para evitarlo, o posiblemente varias.

Desde ese momento, que en una línea de tiempo podríamos situar el punto en el 19 o 20 de diciembre del año crítico, el espacio se fue agrandando pero no hubo nuevas creaciones que lo ocupen, y allí la vieja masa de los dos partidos se enfrió, se manifestó inmóvil y no dio surgimiento a absolutamente nada positivo. Quedó mucho espacio, poca masa.

Lo nuevo que vino después de lo conocido en términos de organización política, no tuvo un efecto positivo para el sistema. Fueron sellos o pequeñas organizaciones dispuestas a la competencia electoral, pero no a prepararse para gobernar. Fue marketing, virtualidad, un soplo de inteligencia artificial para conocer el momento y mostrar lo que supuestamente un público segmentado pretende consumir.

Por esa razón, teniendo en cuenta el enfriamiento de los dos grandes partidos y la falta de capacidad de regenerarse de algunos que surgieron después del ´big bang´ del sistema político local, -como Recrear, Ari, Propuesta Republicana (posterior Pro), Unión por la Libertad (posterior Unión por Todos), Acción por la República (en rigor fue un poco anterior a la gran explosión), entre otros-, no hubo respuestas que pudieran satisfacer a la necesidad de participación política.

Atomización y nada más

Los políticos que gobernaron después del 2001 creyeron que fomentando la creación de cientos de agrupaciones y partidos políticos iban a dar respuestas para aflojar el cuestionamiento social de falta de representación. En esos tiempos crear un partido o agrupación local era muy fácil, pero darle vida, contenido y perspectiva significó una tarea titánica por lo que ninguno sobrevivió.

La clase política local nunca entendió que la política se hace con gente de carne, hueso y además portadora de inteligencia.

Así es que, con los partidos históricos actuando en el sistema como verdaderos elefantes desnutridos, el drama se trasladó a las gestiones, entonces los gobiernos llegaban a conducir cualquier plano de organización del Estado sin equipos suficientes para administrar cada área. Los que llegaban, y llegan, fueron y son “amigos de, familiares de”, o lo peor: recurrentes calentadores de sillas o tomadores de café y mate de los locales partidarios.

Los propios partidos políticos se encargaron de desoír el artículo 38 que tanto los pudo beneficiar, y manejaron recursos millonarios, o multimillonarios, para seguir siendo enormes ejércitos de ignorantes que le dan vigencia a elites conductoras que los convierten en empresas y pymes eximidas de pagar impuestos.

Si se quiere mejorar el nivel de gestión en los diferentes escalones del Estado se tienen que reconvertir primero a todos los partidos políticos, hacerlos verdaderas escuelas de futuros funcionarios, armar gabinetes simulados, crear imaginariamente situaciones de caos y buscar soluciones, generar propuestas alternativas, debatir ideas, preparar pensamiento, utilizar los recursos que tienen para enviar a estudiar a sus cuadros a buenos centros mundiales de conocimiento. Dar posibilidades a nuevos liderazgos, ilustrarlos, pulirlos y prepararlos para que sean luego los artífices de transformaciones en el momento que les toque gestionar.

Hoy nada de eso ocurre, por eso el nivel de respuesta en la gestión de cualquier color político es paupérrimo.

Los funcionarios de los últimos gobiernos que se dieron en Argentina no supieron como resolver las áreas que se les asignaban (incluyendo a los actuales gobernantes). Se nombra un ministro o un secretario, y ellos mismos terminan en la banquina porque no pueden nominar su staff, y la consecuencia es inmediata: no hay cadena de mando, las ordenes nunca se respetan, hay asambleísmo constante entre funcionarios, se superponen facultades, y ni siquiera saben cómo dar una instrucción al personal a cargo.

Es decir, estamos en un caos crónico que solo se resuelve con formación, orden, disciplina, liderazgo y autoridad.

Los partidos políticos deben utilizar los recursos que les da el Estado provenientes del presupuesto público para formar cuadros técnicos, tienen esa obligación y esa es la mejor herramienta electoral con la que puedan contar, porque tendrían más calidad cuando son oposición y a su vez pueden minimizar el riego de defraudar cuando son gobierno.

¿O acaso no pasa que presidentes, gobernadores y hasta intendentes no tienen ni idea de a quienes nombran?, ¿O acaso no ocurre constantemente que en diferentes áreas de gestión se encuentran funcionarios nombrados que a pocas semanas implementan alguna política que va en contra de su propio gobierno y le llevan un dolor de cabeza a su jefe mayor?.

Cuando los políticos dicen que hay que sostener mejor el sistema público de educación porque es el futuro no se fijan que en su propia casa partidaria ni siquiera enseñan a confeccionar un proyecto de declaración.

Se llegó a la ridiculez tan monstruosa que a veces se nombran funcionarios que cuando retiraran su primer recibo de sueldo y ven que se les descontó 3% o 7 % de sus ingresos para el partido político que lo promovió se quejan y dicen que es absurdo y un recurrente: “hago un esfuerzo para estar acá porque en lo privado gano más. Tuve muchas ofertas de otros lugares, pero estoy acá para acompañar”, y la verdad termina siendo que están ahí porque el sistema privado los vomitó y no tienen ninguna propuesta diferente, porque muchos de ellos son de una inutilidad magnífica. Y además terminan estando ahí por obra y gracia de algún amigo que los ubicó.

Qué se espera de un buen funcionario

La función pública, al igual que la docencia, es un sacrificio, es la entrega por el prójimo, es el actuar en una función para dar respuestas, para pensar en la sociedad, para sentirse orgulloso e inflar el pecho diciendo ´hoy hice algo bueno para mi país, mi provincia o la localidad en la que vivo´. La función pública no es para enriquecerse, no es para alimentar el ego ni mirar a un vecino desde arriba. La función pública es tener la renuncia sin fecha y a disposición todo el tiempo, es saber que los sillones no son eternos y que el momento de la retirada es tan importante como el de la asunción a un cargo porque es cuando se formula el gran balance. La función pública debe ser la única esclavitud placentera, es la que debe tener a un funcionario sin horarios, o sea, 24 horas activo durante todos los días del año.

Reflexión

Por esa razón, nuestro “big bang” creó un enorme espacio no ocupado, las dos viejas estructuras son una masa de hielo inmóvil, y lo que se creó más adelante fueron pequeñas estrellas fugaces con algo de luz propia, pero sin combustible duradero.

Ojalá estos párrafos, -algunos posiblemente inexactos, exagerados, irrespetuosos y provocadores-, sirvan para alimentar ese mundo que sí existe, que no miramos pero que está ahí. Que es tan minúsculo que parece no advertirse pero que un día, como fuerza cósmica que es, puede estallar de nuevo.

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