viernes 14 de agosto de 2020 - Edición Nº1604
Impulsobaires » Politica » 24 feb 2020

Punto de vista

Libertinaje: La inseguridad que queda es por el orden que falta

Hay palabras fuertes, con significados a tono. Vocablos que usamos para golpear allí en donde hace falta para que se produzca una reacción. Capítulos difíciles de nuestra historia nos autocensuran muchas veces para ir al fondo sin temor a equivocarnos: libertinaje, orden, caos o acción, son algunas de esas palabras que la política se resiste a utilizar porque tienen “mala prensa”. Pero hay que emplearlas para saber de qué se trata y hacer frente a un problema que destruye el cuerpo social.


Por: Fabricio Moschettoni, editor de ImpulsoBaires / Twitter @FMoschettoni

En estos días de Carnaval, y viendo demasiada violencia urbana, me alejo un poco del minuto a minuto y pienso bastante buscando la manera más inteligente de provocar, y de esa forma encontrar una reacción, o una respuesta.
Quienes estudiamos los problemas de la seguridad pública desde hace varias décadas por lo general lo hacemos en solitario: viajamos a ciudades y países conflictivos, nos contactamos, tenemos fuentes y nos llenamos de conocimientos. Todos, o la mayoría, sabemos de qué se trata el problema, pero en casi la totalidad hay una ceguera recurrente que se produce por el miedo al qué dirán, o por recibir el mote de ´facho´, o en otros ejemplos por tener asignada una inclinación ideológica potente. Pero insisto, casi todos sabemos de qué se trata.

Un ejemplo personal

El 18 de diciembre de 1998 un jurado compuesto por los doctores Rafael Bielsa, Julio Abud, Andrés D´Alessio, Martín Grass y León Carlos Arslanian distinguía con un Primer Premio a un trabajo del que fui coautor denominado “Hacia una nueva relación entre Comunidad y la Policía”, y básicamente en ese momento abordamos varios problemas centrales de la inseguridad como eran por un lado la brutalidad con la que venía actuando la policía de la Provincia de Buenos Aires, por el otro la legítima desconfianza de la sociedad con ella, y además avanzamos sobre una falta de método para entender que por el lado de la prevención se podía reconvertir una ´ciudad ganada por el caos´ en un bastión organizado y seguro.

En cuanto a método, recuerdo que en esos días tomamos como ejemplo un caso que creció en los años ochenta, en la Ciudad de Edmonton, Canadá, en donde la policía del lugar mediante un curioso esquema de patrullaje de a pie consiguió resultados exitosos para revertir el índice delictivo, pero también para lograr mejor relación entre policía y comunidad.

Observe el lector que el trabajo es de 1998, nosotros en Provincia de Buenos Aires presenciábamos el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas (25 de enero de 1997), que se transformó en uno de los impulsores para involucrarnos de lleno en el estudio de la perversidad de un sistema mafioso en donde obviamente una de sus patas era la Policía provincial. 

En esos años no solo mirábamos Edmonton y el patrullaje de a pie, también observábamos Medellín en donde la complejidad del narcotráfico dejó 6.809 muertes en 1991 convirtiéndola en la ciudad más insegura del mundo.

A mi entender, el principal problema que nos acarrea la ausencia de un plan exitoso de seguridad pública obedece a preconceptos, a ´qué dirán´ si es que utilizamos vocablos fuertes para calificar, o métodos duros para accionar. La carga de nuestra historia como país es negativa, y la falta de decisión para enfrentar a nuestro pasado es una de las causas directas de la acumulación de los fracasos que acarreamos como sociedad.

¿Qué hacemos?

Fíjese el lector que hice toda esta especie de perorata introductoria para sacarme la etiqueta de “facho” (en un país en donde quienes apuntan a otro con esa acusación lo hacen por lo general desde una ignorancia penosa), o sea que de alguna forma también fui víctima de la autocensura o del ´qué dirán´ por mi manera de pensar. Y claro, empecé citando ese trabajo del 98, que es uno de los más queridos por mí, seleccionado por un jurado ´garantista´ y que proponía métodos preventivos nada originales, pero sí convincentes: patrullaje de a pie, vigilancia electrónica, algunos puestos fijos y otros móviles. Muchos de ellos, o todos, fueron incorporados varios años después e incluso actualmente.

El patrullaje de a pie de Edmonton de los ochenta, que fue el sugerido por nosotros en el 98, y es parte de un sistema mayor que utilizó Filadelfia entre 2002 y 2008, de alguna manera es el que ahora, desde hace un par de años, instrumenta la Ciudad de La Plata con el método de ´policiamiento´. Ahí me detengo para recordar una reunión importante sobre esta aplicación que tuvo a principio de junio de 2018, Spencer Chainey, experto en seguridad y ciencias criminales en la University College de Londres con el intendente Julio Garro.

Todos estos sistemas fueron muy parecidos, y cada uno de ellos se adaptó un poco a sus tiempos y lugares. En las últimas versiones se creaban microzonas en donde había fuerte concentración de delitos, y se las llamaba algo así como ´hotspot policing´. Desde esos puntos calientes se operaba buscando reducir la criminalidad, y los números fueron más que aceptables.

Los métodos, entonces, siguen siendo similares, pero creo que fallamos principalmente porque no trazamos una línea de tiempo con continuidad de políticas, y además porque no lo tomamos como una política de integración y proyección (quiero decir política de Estado sin utilizar esa frase tan pisoteada una y mil veces, aunque no encuentro un sinónimo directo).

¿Pero qué hacemos al final?

Nuestra sociedad democrática de 37 años tiene que operar como tal, con madurez, y para eso hay que incendiar la ideologización del problema en cuestión. Así es que nos tenemos que decidir a enfrentarlo.
Voy, entonces, a un problema práctico y no al conjunto de la temática de la inseguridad. 

Hace un mes el país lloraba con el incidente de Villa Gesell derivado en la temprana muerte de Fernando Baez Sosa, salvajemente asesinado por una patota de jóvenes, y durante este fin de semana en La Plata la conciencia nos empezó a mandar señales de alerta por una golpiza que recibió una joven al salir de un boliche en Diagonal 80 y 4.

Acá ya tenemos un problema para actuar, hablamos de violencia extrema y lógicamente de inseguridad.

El Estado no actúa como debe porque está atrapado en una maraña de leyes, ordenanzas y jurisdicciones obsoletas.

La solución debe pasar por nacionalizar la cuestión y actuar. Hoy los municipios bonaerenses son quienes colocan los topes de horarios de actividad nocturna, la policía bonaerense y la Local son quienes nos cuidan, y el Estado nacional prácticamente no tiene competencia.

Si en La Plata la Municipalidad decide que el horario de diversión nocturna fuese hasta las 3 AM y así supone que asegura más la nocturnidad con los recursos que tiene, los jóvenes migrarán a Berisso y Ensenada. Si esos últimos dos municipios hacen lo mismo que La Plata, la migración será hacia otros distritos y así sucesivamente. Eso fue uno de los factores del fracaso del decreto 1555/96 de la época del ex gobernador Eduardo Duhalde cuando limitó la actividad nocturna, pero había migraciones interprovinciales potenciando otros males como los accidentes viales.

La nocturnidad debe limitarse de inmediato (en Londres los pubs hace décadas cierran a las 2 o 3 AM, en Roma un poco más tarde, y así), pero debe existir un acuerdo municipal, provincial y nacional para encararlo. La venta de alcohol debe reducirse a la mínima expresión hasta llegar a cero, y las sanciones a quienes violan normas en esa materia deben endurecerse aún mucho más. 

Estas medidas tienen que ser tomadas entre todos los niveles del Estado para que funcionen, lo repito, y no focalizadas en quienes hoy tienen el problema puntual como son los municipios, porque lo que van a logra es llevarlo de un lado hacia otro.

Nótese que con esa medida estoy hablando de libertinaje, orden y consecuentemente libertad. Estoy diciendo que se puede terminar con el mal (libertinaje), restaurar (el orden) y luego gozar del bien mayor: la libertad.

Pero el lector podrá hacer un legítimo cuestionamiento: ¿atacaste un problema, pero por qué no las causas?, y ahí en los párrafos siguientes hago unos adelantos de artículos venideros.

Reorganizar desde el Estado municipal

Muchos vemos que el Estado está en donde no debe estar y no está en las cosas públicas que lo necesitamos.

Y bien, en la seguridad el Estado tiene que estar más presente, y no lo está.

Siempre observando los modelos que utilicé para acentuar el bien o el mal (Edmonton en un caso, Medellín en el otro), se puede ampliar un poco el criterio del Estado ausente, pero que si la actitud es inversa y decide presentarse con fuerza la situación cambiará inexorablemente.

El desorden, el barullo actual, viene de la desorganización producto de normas sociales vencidas. La organización de un esquema de seguridad puede tener varias disciplinas, entre ellas los municipios llegar con más presencia a barrios conflictivos, o incluso a clubes de ´jóvenes hijos de familias un poco más acomodadas´.

Los grandes no entendemos a los más jóvenes ni mucho menos a los adolescentes. Ellos tienen sus códigos. Pero sí tenemos que entender que algo hay que hacer aquí y ahora.

A mi criterio en el barrio es en donde se puede dar una transformación positiva increíble, y ese cambio de paradigma lo podemos lograr de manera simple: color, arte, cultura, deportes y aprendizajes en comunidad, que no es otra cosa que inclusión.

Y en el otro extremo, también en el club de los más pudientes es donde debemos operar, pero allí está más localizado el tema y es más fácil de abordar, aunque los niveles de violencia y odio son inéditos también.

¿Es tan simple?. Sí, es simple, no tanto, pero sí lo es.

Y para demostrarlo salgo del Medellín modelo Noventa y me ubico en el de estos años. Ahí, en la ciudad del sicariato y de las 6.809 muertes de 1991 nos instalamos en la llamada Comuna 13, otrora cuna de la violencia extrema y hoy en vía de la recuperación turística, cultural y artística que fue transformando muerte en vida, penumbras en color, pesimismo en optimismo.

Como ven, la inseguridad muta en sus formas, pero sus agentes precursores siempre terminan siendo parecidos. Quienes algo estudiamos debemos cambiar también, y buscar actualizar métodos de resolución de los problemas.
Hoy propongo eso: un pacto comunitario, esa relación de Comunidad y Policía que proponía en 1998 es la relación Estado – Comunidad de estos tiempos.

Nosotros tenemos un problema de violencia que se agudiza en edades más bajas, pero la cuestión se complica más porque no estamos haciendo nada. No persuadimos, no operamos sobre el problema, y no incluimos.

La Plata, el territorio ideal

La Ciudad está llena de alarmas, pero también de esperanzas. Hay barrios calientes en donde el Estado puede hacer la prueba de la reconversión, están localizados y son perfectos.

Esta Ciudad puede cambiar de rumbo ahora y para siempre, y es utilizando el método de llevar el Estado con la magia, el color, la cultura y el arte para incluir y modificar la visión de futuro de adolescentes y jóvenes. Podemos cambiar violencia por tranquilidad, caos por orden, guerras de barrios o fanatismo futbolero por paz social, libertinaje por libertad, escepticismo por previsibilidad, desesperanza por esperanza.

En la Ciudad hay que complementar ese trabajo barrial con experiencias en clubes para disminuir todos los tipos de violencia que se suceden, y en ese marco quiero destacar una actuación de estos días de la Defensoría del Pueblo provincial con el Club Universitario en un programa interesante destinado a atacar situaciones de violencia de género.

También es preciso disminuir drásticamente la venta de alcohol y allí poner el foco en algunos emprendimientos que utilizan el cartel de “centros culturales o de artes” pero que tienen más freezers en sus dependencias que cultura para ofrecer (este punto es estratégico y en la ciudad hay más de cincuenta lugares camuflados). 

Y en la misma línea es justo señalar que hay que controlar los espacios públicos en las madrugadas y primeras horas del día, ya que se convierten en borracherías a cielo abierto.

Rosario y La Plata tienen muchas similitudes en cuanto a su composición, Rosario hoy está lejos, pero puede acercarse. Miremos a Rosario y actuemos en La Plata. Aún estamos a tiempo.
 

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