martes 01 de diciembre de 2020 - Edición Nº1713
Impulsobaires » Economía » 9 ago 2020

La mirada de Jorge Joury

Cuidado con arrojar papel picado, que ahora hay que jugar la final con el FMI

Se podría decir sin temor a equívoco, que Martín Guzmán le tapó la boca a todos con la negociación de la deuda y trajo un poco de oxígeno a la desfalleciente economía. Pero ahora en poco más de un mes, se viene la gran final con el FMI y habrá que volver a usar barbijo. El organismo internacional, que tiene un galpón lleno de recetas equivocadas, cambió, pero muy poco. No es un banco de desarrollo ni lo va a ser nunca. Siempre va a venir con un esquema de condicionalidades y es importante discutir el mejor programa posible.


Por: Jorge Joury *

Seguramente el organismo internacional exigirá pautas estrictas para asegurarse el pago. Por lo pronto, recomendó mantener el valor del dólar, los controles de cambios y limitar las intervenciones del BCRA en esa franja. De acuerdo a esas pautas, flexibilizará o no sus condiciones. Además, mandará a una misión a controlar los movimientos en el Banco Central y monitoreará las cuentas públicas como si fuera Sherlock Holmes.

Exigirá bajar el gasto público para achicar el déficit, aconsejará una nueva ley tributaria, otra previsional que probablemente suba la edad jubilatoria de 65 a 70 años y pedirá una reforma laboral. A estos dos últimos item, el Gobierno ya adelantó que no va a acceder para evitar un marco de conflictividad con el mundo sindical que puede dañar aún más al país. 

Es probable que Guzmán argumente que a Mauricio Macri alegremente se le otorgó el crédito más alto en la historia del FMI, sin siquiera pedirle las garantías indispensables de cumplimiento. Y que contrariamente, en tiempos de pandemia no se le  exija a la Argentina un esfuerzo supremo de difícil concreción. 

Además,  en el mundo empresario descuentan que sentarse frente al FMI implicará tener sobre el escritorio un programa económico. En esos trazos el tema impositivo será clave, teniendo en cuenta que hoy la presión tributaria en la Argentina es una de las más  altas de América Latina. 

Los economistas que consultan habitualmente los Ceos más poderosos del país coinciden en un dato brutal: por cada punto de aumento en la presión tributaria el país deja de crecer 0, 2 puntos del PBI y, sinceramente, la Argentina no está para regalar nada en materia de crecimiento, desarrollo y distribución social. 

En esta dirección, los trabajos que se realizaron en conjunto entre empresarios y la CGT coinciden en aliviar la alta presión tributaria. Ubican al tema impositivo como un ancla de plomo para la inversión privada en un momento en que el país, siempre de acuerdo con los datos del sector empresarial, está perdiendo capital y la caída de la inversión se ubicaría en el 30% este año. 

Todos coinciden en que sin  inversión privada no habrá nuevo empleo registrado. Eso lo saben muy bien en la CGT, donde no sólo temen que se acentúe la pérdida de puestos de trabajo, sino también por otro elemento que está agudizando la pandemia mundial en estas latitudes y que tiene que ver con la informalidad de los trabajadores. En la sede de Azopardo se estima que ya más de la mitad de los trabajadores son informales y ese sería también el saldo de la salida de la crisis en el país.

Otro tema a tener en cuenta, es que la negociación de la deuda también les trae oxígeno a los gobernadores, quienes podrán intentar salir a ordenar sus propias deudas y cuentas. Las provincias saben que están bajo la lupa en lo referido a la presión tributaria. La superposición de tributos entre Nación, Provincia y municipios está escrita en todos los borradores que se manejan en los trabajos de empresas y sindicatos y que abogan por un acuerdo que relance la economía no bien ceda la situación sanitaria.

El acuerdo acota riesgos de una aceleración inflacionaria. Además le da potencia al mercado de pesos local y eso hace que el Gobierno se pueda financiar localmente y aflojar algo la emisión.  

Si bien el soberano no va a acceder al mercado de capitales en el corto plazo, si lo van a poder hacer empresas y provincias, Y todo eso potencia la recuperación pospandemia porque el arrastre estadístico que deja la caída de 2020 es muy fuerte y existe mucha capacidad ociosa. 

Ahora viene el gran desafío de acordar con el FMI. Al fondo no le interesa tanto la pata financiera como el programa económico. Ahí la Argentina va a tener que plantarse y lograr algo positivo, que sería histórico. Y ahí empiezan las políticas destinadas a reactivar. 

Los negociadores del Fondo se sentarán con el clásico Manual del organismo por el cual se negocia desembolsos contra el cumplimiento de metas macro. Ya quedó atrás el tiempo de los apoyos explícitos y los comunicados protocolares. 

No hay duda de la “buena onda” de la jefa del Fondo, Kristalina Georgieva, pero ahora viene el tiempo de “cortar el bacalao”. Está claro, y sobre todo luego de ver la ficha de Argentina en el reciente “External Sector Report: Global imbalances and the covid-19 crisis”, que el Fondo no pedirá ahora ni en los próximos años cosas imposibles. Pero si, y como en el informe lo señala "con el tiempo, exigirá una consolidación fiscal gradual y favorable al crecimiento, combinada con políticas monetarias prudentes, es esencial para mantener un superávit comercial, reconstruir las reservas internacionales y garantizar la sostenibilidad de la deuda”. 

Esta mecánica deberá tender a volver a reestablecer equilibrios macro básicos, fundamentalmente porque Argentina es su principal deudor, un pesado grillete en el tobillo, ajustado por el ex-jefe de la misión, Roberto Cardarelli. Pero de acuerdo a lo que consideran expertos en este tipo de negociaciones, los “desembolsos contra programa” pueden constituir finalmente una traba retardadora en la negociación.

Nadie espera que lo que viene con el Fondo sea ni rápido ni sencillo. Aunque puede haber un esquema de “toma y daca” entre a metas cuantitativas macro menos rigurosas más reformas estructurales y viceversa. Hay además un tema no menor que es si la negociación incluirá o no “plata fresca”. No olvidemos que sigue vigente la autorización de 2018 a la Argentina de un “exceptional access”, en tal sentido el tamaño del paquete dependerá de la calidad del programa que finalmente se consensue entre ambas partes. 

La dificultad de acumular reservas es lo que más inquieta al Banco Central. Los números casi de “almacenero” que manejan son elocuentes: el superávit comercial hoy representa unos USD 1.500 millones. Sin embargo, la compra de dólar “solidario” de ahorristas se lleva unos USD 600 millones por mes en promedio, los pagos de deuda en moneda extranjera (especialmente de provincias) representan unos USD 500 millones y las compras con tarjeta en el exterior son otros U$S 200 millones mensuales aproximadamente. Con este panorama casi no quedan excedentes de divisas.

Pero la situación se tornará más complicada porque la demanda no apunta a ceder, pero la oferta sí va a reducirse por cuestiones temporales, es decir empieza la “temporada baja” en materia de liquidación tras haber ingresado la mayor parte de la cosecha gruesa.

Este cuadro de situación trae varias complicaciones por delante. La más visible es que para el Banco Central será casi imposible acumular reservas, que hace varios meses están “planchadas” en valores brutos de USD 43.000 millones. Y el acuerdo de deuda difícilmente cambie las cosas.  

Mientras tanto, que nadie se engañe. Si bien es cierto que el cierre de la deuda con los bonistas oxigenó a todos, es solo una bocanada de aire fresco, aunque con barbijo. No olvidemos que la situación sanitaria demora el relanzamiento económico y esta cuestión cada día juega más en contra de cualquier proyección.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.  

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

VIDEOS