domingo 26 de septiembre de 2021 - Edición Nº2012
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Postales del pasado

"Mis charlas con Balbín, previas al golpe del 76", contó Jorge Joury por la FM 96.7

El periodista Jorge Joury contó detalles de una entrevista exclusiva que mantuvo con el líder radical, Ricardo Balbín (foto) en las semanas previas al golpe militar de 1976 que terminó con el gobierno de Isabel Perón.


Por: Redacción

(Foto: Ricardo Balbín y Jorge Joury)
Al ser entrevistado por “Decisión 96, la política en vivo”, el programa que conduce Fabricio Moschettoni por la FM 96.6 de La Plata, Joury dio detalles históricos que asombraron a la audiencia. Este es el resúmen de su relato:

"En las semanas previas al golpe militar del 24 de marzo de 1976 tuve el privilegio de entrevistar a Ricardo Balbín en su escritorio de la vieja casona de la calle 49 y 12. Sentado en el sillón de su escritorio y después de fumar un pucho, el líder radical  me acercó el título de tapa con sus habituales metáforas. Fue cuando varios diarios como La Razón titulaban: "Horas decisivas", presagiando el peor escenario.

"Con marcapasos y muletas, llegamos y triunfará la democracia", me dijo entonces Balbín con su voz ronca por el cigarrillo aquella mañana, cuando nadie le daba a Isabel Martínez de Perón una vida más y muchos políticos golpeaban la puerta de los cuarteles para salir del escenario de un país en la anarquía que se prendía fuego.

Por aquellos días Balbín habló con uno de los principales dirigentes del peronismo, Deolindo Bittel, a quien le planteó la posibilidad de frenar el golpe de Estado con un juicio político a Isabel Perón. Ello permitiría  que asumiera el presidente del Senado, Italo Luder y de esa manera se mantendría el orden democrático. Pero la iniciativa no prosperó.

A mi amigo y prestigioso fotógrafo Horacio Villalobos, le tocó el 24 de marzo de 1976 captar de noche el dramático momento cuando Isabel fue sacada de la Casa Rosada en helicóptero por los militares. Esa foto recorrió el mundo y aún da cátedra por su significado y oportunismo.Frente al clima convulsionado que se vivía en el país, Perón intentó un acercamiento con el radicalismo en la persona de su jefe de entonces Ricardo Balbín. "Doctor Balbín, usted y yo nos tenemos que poner de acuerdo porque somos el 80% del país", le habría dicho en su primer encuentro.

Como lo han confirmado muchos otros testigos y protagonistas de la época, Perón también intentó una fórmula conjunta y, más tarde, quiso buscar un mecanismo para que Balbín lo sucediese en caso de muerte.
Balbín había puesto toda su energía en colaborar para cerrar las heridas de la nación dando señales inequívocas de patriotismo. Lo vi saltar una tapia para eludir al periodismo y abrazarse con Juan Perón en la vieja casona de la calle Gaspar Campos en Vicente López (1972) y terminar con los enfrentamientos. Luego repitió su grandeza al despedir al líder emblemático del peronismo durante el velatorio en el Congreso de la Nación. Allí hizo llorar al país, al pronunciar aquella frase: "El viejo adversario hoy despide al amigo".

Una semana antes de la caída de Isabel Perón, Balbín había parafraseado a Almafuerte para explicar que "todo lo incurable tiene cura, cinco segundos antes de la muerte". Entonces no habló del remedio. Pero con mayor firmeza, en la década del 40, había defendido las libertades públicas desde el Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) en compañía de Oscar Alende, Arturo Frondizi y Moises Lebensohn.

En la casa de 49, el líder radical amó a Indalia Ponzetti, su compañera inseparable, y disfrutó de Lía Elena, Osvaldo y Enrique, sus hijos. Amaba a sus canarios, tanto como la construcción de sus discursos.
Por aquel entonces el diario había dado la orden que solo dos periodistas podían entrevistar a Balbín. Uno era yo y mi  colega ya fallecido, Ricardo West Ocampo. Balbín sabía que cualquiera de nosotros dos que lo llamara, obtendría una entrevista.

Durante aquellos años duros de aprietes y presiones constantes, la vida también me enseñó a gambetear la censura como se podía. Vivíamos las pulsaciones muy altas por haber sufrido permanentes amenazas de muerte que obligaban a cambiar todas las noches el camino de regreso a casa. Por aquel entonces en La Plata explotaban una docena bombas por día, secuestraban a dirigentes estudiantiles y se escuchaban tiros de ametralladora hasta altas horas de la madrugada. Inclusive, cuando llegaba la noche había que cerrar las persianas del diario porque sufríamos ataques con bombas molotov de parte de los grupos armados de la izquierda, especialmente de la organización Montoneros. También teníamos que sacar nuestros automóviles de la cuadra del diario, por temor a que los quemen.Para evitar la censura y publicar y blanquear los enfrentamientos entre el Ejército y los grupos guerrilleros, en la mayoría de los casos los presentábamos como episodios de delincuencia común.  De esa manera, cuando tomaban estado público, forzábamos a que los militares blanquearan los sucesos con partes oficiales de los respectivos comandos.

Muchas veces la pasamos mal. En una oportunidad, durante una huelga ferroviaria, el general Ramón Camps que era jefe de la Policía bonaerense, mandó a allanar la redacción de Diario Popular, que por aquel entonces estaba en las calles 39  entre 4 y 5 de La Plata. Irrumpió entonces en el edificio una patota compuesta por unos 15 hombres, fuertemente armados con escopetas Itaka. Yo era el jefe de redacción y máximo responsable en ese momento.No aceptaron ninguna explicación. Allí comencé a entender que se prendía fuego la libertad de prensa.

Se llevaron por la fuerza las pruebas de página para revisar los contenidos y nos dejaron en medio de una tensa espera casi sobre la hora de cierre de la edición. Sin saber que iba a ocurrir y para ganar tiempo, porque había que mandar los diarios a Capital y estaban los camiones esperando en la calle, pedí permiso para arrancar las rotativas a puertas cerradas. El jefe del grupo me respondió : "podés hacerlo, pero si el general Camps prohíbe la salida del diario, te vas a comer los ejemplares". Corté clavos durante un par horas. Cuando llevábamos impresos cerca de 15 mil ejemplares, recién llegó la autorización del Jefe de Policía y empezaron a cargar las pilas de diarios en los camiones" 

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