lunes 28 de noviembre de 2022 - Edición Nº2440
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Punto de vista

Pensar al revés: un plan (socialista) de ajuste para salir del pantano

El autor de la nota, Eduardo Sartelli, nos invita a reflexionar en un momento crítico.


Por: Eduardo Sartelli | Vía Socialista

Corea+Suecia

La Argentina está atrapada en un pantano económico (y, por ende, social y político) desde hace 70 años. Desde mediados del siglo XX, la contradicción campo-ciudad se ha venido agravando y sus consecuencias se han agudizado muy visiblemente. Una imagen ayudará a entender mejor: supongamos un padre que camina por la playa con su hijo en hombros. Él es joven, el niño, pequeño, se trata de un paseo agradable. Ahora bien, volvemos al lugar veinte años después y nos encontramos con el mismo padre que sigue cargando a su hijo en hombros, que es un adulto ya, pero no se baja. Obviamente, el pobre hombre trastabilla, se desplaza con dificultad y amaga con más de una caída. Si volvemos de nuevo otros veinte años más tarde, nos encontraremos ya a un jubilado virtualmente enterrado en la arena, con un adulto mayor todavía sobre los hombros, excedido de peso e incapaz de caminar por sí mismo. Reemplacemos al padre por el sector agropecuario y al hijo por el PBI no agrario y tendremos una descripción de la historia económica argentina en el largo plazo. La Argentina es un país de base agraria cuya población no lo sabe porque depende, en su gran mayoría, de actividades no agrarias que solo sobreviven en el mercado interno, es decir, cuya productividad es inferior a la media mundial. La consecuencia es el atraso permanente y la agonía de la gallina de los huevos de oro. 

Esta situación determina la evolución de la sociedad argentina, porque todo lo que no es agrario tiene un enorme papel de impugnación social (en tanto es la masa de la población) pero carece de solución económica viable. Cuando la alianza mercado-internista (que se expresa hoy en el kirchnerismo) arriba al gobierno, solo puede ofrecer un falso distribucionismo de corto plazo. La alianza social que representa a los capitales más eficientes (el agro y algunas pocas empresas más, nacionales y extranjeras, que se expresan hoy en el macrismo), por el contrario, solo tiene en carpeta el “orden” de las cuentas fiscales, lo que en criollo significa “ajuste”. Si la primera es “pan para hoy y hambre para mañana”, la segunda es “hambre para muchos, pan para unos pocos, forever”. Si el primero tiene como consecuencia la perpetuación del atraso y la descomposición nacional por la vía de la ineficiencia creciente y generalizada de toda la economía, el segundo supone la compatibilización de la sociedad existente con la eficiencia económica tal cual brota espontáneamente del mercado, es decir, la reducción de toda la economía a la pampa y poco más. Si el primero destruye la base económica de la sociedad, el segundo la rescata a costa de la población, porque al país liberal le sobran, siendo generosos, veinte millones de habitantes. Si el primero es “vamos viendo”, un “dios proveerá” alegre y desentendido, el segundo es milenarismo puro: prendamos fuego a todo y tirémonos por el acantilado a la espera de un hermoso chapuzón, sobre el cual no hay garantía alguna más que la apelación a la “libertad” y a las virtudes de un mercado que no puede ofrecer mucha evidencia histórica que respalde semejante confianza. Ninguno de los dos se preocupa por un ejercicio activo de transformación del mundo productivo real. Los dos creen que se trata, simplemente, de manejar monedas: uno, regalándolas; otro, retaceándolas. 

La experiencia histórica dice lo contrario. Dice que los que ganaron, actuaron, intervinieron en el mundo real, en el mundo de la producción. Dicho de otro modo, tuvieron un intelectual colectivo que pensó más allá de tal o cual interés y más allá de la moneda. Pensó en un destino colectivo, un destino productivo. Ese intelectual es el Estado. No el Estado punitorio y abstencionista del liberalismo, ni el Estado bobo al servicio de una burguesía parásita del peronismo, sino un Estado productivo, planificador y centralizador de la actividad. Japón no se entiende sin el MITI; Corea del Sur, sin la planificación estatal de la política exportadora; ni hablar de China. Salieron de la destrucción y de la última miseria y en treinta o cuarenta años están en el primer nivel mundial. Dicho de otra manera, si queremos ser Suecia, hay que empezar por producir Corea (del sur…). 

¿Qué puede hacer la Argentina para iniciar ese camino? A largo plazo: construir una industria de calidad con capacidad para competir en los mercados mundiales contra los mejores. Necesitamos una Samsung, una Apple, una TSMC, una NVIDIA, una Tencent, una AT&T, una Intel. Grandes empresas tecnológicas, que producen mucho valor y pagan salarios elevados. La pregunta es cómo llegamos allí. Por empezar, hay que rescatar al Estado para convertirlo en una maquinaria productiva. Para eso se necesita conformar una estructura de grandes empresas, que operen a gran escala, con la mayor eficiencia, desplazando a la burguesía parasitaria que gobierna la Argentina. Solo por dar un ejemplo: del otro lado de la Cordillera, Chile vive del cobre. La empresa que regentea la producción chilena es estatal, es la mayor productora de cobre del mundo, Codelco. Surgida de la estatización de Salvador Allende, es el núcleo productivo de la economía chilena. Si hubiéramos manejado YPF de un modo similar, defendiéndola de los parásitos que hacen negocio con el Estado bobo argentino, hoy sería, Vaca Muerta mediante, una de las mayores petroleras del mundo. La comparación entre Codelco e YPF ilustra acerca de lo que sucede con la riqueza nacional cuando queda en manos de una burguesía parasitaria, tal cual es retratada, entre otros lados, en la “Causa de los cuadernos”. 

Junto con las grandes empresas estatales (de energía, computación, telecomunicaciones, tecnología nuclear, etc.), un conjunto de empresas mixtas, mitad estatales, mitad privadas, que opere la concentración y centralización necesarias a una escala elevada en el mundo pyme. Dado que, en la Argentina socialista se acaban los subsidios al capital parásito, aquel que quiera seguir operando como empresa capitalista libre puede hacerlo, pero que no pida ayuda. Que se arriesgue, como se supone todo capitalista debe hacerlo. Privatizar las ganancias y socializar las pérdidas es el deporte preferido del empresariado argentino. Y de eso no habrá más. Las empresas de cada rama serán invitadas a integrarse a las empresas mixtas.

Obviamente, hay algunos sectores de la vida económica que no serán tocados. En particular, aquellos que funcionan sin subsidios y resultan rentables y competitivos. Un gobierno socialista no puede empezar arruinando las pocas cosas que funcionan bien. Obviamente, continuarán las retenciones al sector agropecuario, pero la socialización solo progresará en el campo en aquellos sectores que resulten ineficientes.

Lo mismo con las grandes empresas exportadoras, del estilo ARCOR o gigantes por derecho propio, como Mercado Libre. Otro sector que no puede ser objeto de socialización es el que podríamos llamar “mini-pyme”, por su irrelevancia y complejidad.

Junto a esto, una riqueza inexplotada será puesta en marcha inmediatamente. Se trata de un plan de empleo de un millón y medio de desocupados. Los desocupados son una riqueza esperando por ser utilizada, no una carga molesta. Solo razona de este modo aquel que no entiende la producción real y se concentra en el problema a la manera fiscalista. La transformación de todos los desocupados en empleados del Estado como trabajadores de gigantescas empresas estatales de baja tecnología, pero con destino exportador, no solo alivia la carga fiscal del Estado que significan los “planes”, sino contribuye a la batalla fundamental que debe enfrentar la Argentina en los años que vienen: la batalla por el mercado mundial. 

Queda así diseñado un proyecto de país donde la exportación, la eficiencia, la gran escala, la productividad y la tecnología deben constituirse en el núcleo de la sociedad futura, dejando atrás el pantano mercado-internista y el disparate suicida liberal. Sobre esa base, la Argentina puede retomar su larga y poderosa trayectoria de bienestar social, de la que ahora solo quedan recuerdos deshilachados. Sobre esa base, la Argentina puede ser Suecia, como se dice ahora, de modo “sustentable”. Para eso, dado que estamos en el aquí y ahora, debemos pasar por las horcas caudinas de un “plan de ajuste”. Se podrá decir que, en la situación que estamos, no podemos soñar, pero es falso. Este es el momento de hacerlo. Es el mejor momento para hacer un ajuste necesario.

Un plan de ajuste socialista

Puede parecer extraño que un socialista proponga un “plan de ajuste”. Las razones por las que se supone que el “ajuste” es cosa de “derechas” tiene que ver con dos fenómenos, probablemente vinculados como espejos de sí mismos. El primero es que, en Argentina y en buena parte del mundo, si no, en todo, “ajuste” es una palabra vinculada a los organismos internacionales que suelen liderar políticas contractivas, destinadas a garantizar pagos de deuda y estabilidad monetaria, en abstracción de los resultados sociales y, a la postre, económicos. “Ajuste” se vincula con “las recetas del Fondo” o del Banco Mundial, que, dicho sea de paso, no se caracterizan por la eficiencia en sus resultados, en ninguno de los aspectos mencionados. Por otra parte, cierta concepción de cierta izquierda marxo-keynesiana, que pretende que no existen problemas económicos objetivos, que es un problema en última instancia político que se resuelve forzando las variables económicas. De modo que, la conciencia común del progresista/de izquierda supone que un plan de ajuste es necesariamente un ataque a los trabajadores, que se puede y se debe evitar. Si uno no participa de ambos dogmas, si uno cree que los problemas económicos son objetivos, por más que los intereses “sectoriales” determinan el sentido de las soluciones propuestas, está obligado a plantear soluciones reales y de corto plazo. Dicho de otro modo, un “plan de ajuste”.

Como señalamos más arriba, los “intereses sectoriales” (de clase, para ser más precisos) marcan el sentido y el rumbo de lo que se propone. Para comprender la forma de intervención política de un partido socialista es muy importante entender el escenario en el que le toca actuar. Dicho de otro modo, en qué condiciones llega a posiciones de poder. Hemos explicado esto en nuestro libro Argentina 2050 (que puede bajarse gratis en https://viasocialista.com.ar/category/argentina-2050/) aquí solo vamos a suponer un escenario en el cual una propuesta socialista llega al gobierno mediante elecciones en un contexto de crisis como el actual. Se trata, entonces, de reestablecer un modo de funcionamiento elemental del capitalismo, sin el cual, un gobierno socialista no podría sobrevivir más que unos días.

Dicho esto, entonces, señalamos:

1.    El problema más importante en la coyuntura es la paralización de la economía por falta de divisas para pagar importaciones esenciales;
2.    Como consecuencia, la desaparición del sistema de precios y la circulación de bienes en general.

Como hemos dicho, el núcleo de la solución a largo plazo, consiste en el aumento de la productividad del trabajo argentino, que le permita competir en el mercado mundial y obtener allí las divisas necesarias para el intercambio creciente. Como explicamos en Argentina 2050, ese déficit no es remontable a menos que se reestructure toda la producción local bajo el formato de una concentración y centralización de todos los recursos en el Estado. Dicho proceso lleva mucho tiempo y necesita ingentes recursos. Por eso, un gobierno socialista debiera tener un plan para estabilizar la economía antes de comenzar con las transformaciones de largo plazo, aunque esas medidas inmediatas pueden adelantar algunos cambios sustantivos. Debemos, entonces, concentrarnos en la coyuntura inmediata, antes que en planes de muy largo plazo. 

Eso nos obliga a la puesta en marcha de un plan de estabilización, es decir, un plan de ajuste. En este caso, se trata de un plan trianual que tiene por horizonte reforzar la capacidad de intervención del Estado en el corto plazo y garantizar dicha capacidad en el futuro mediato. Es decir, se trata de salir del paso, sí, pero también de sentar unas bases mínimas para el fortalecimiento progresivo del aparato estatal. Para lograr ese objetivo se necesita realizar un ajuste profundo de las cuentas estatales: un Estado deficitario permanente no puede ser un Estado fuerte, ágil y vehículo de desarrollo; una política de fomento de las exportaciones, que elimine el cuello de botella de la permanente falta de divisas. Para obtener el primer resultado, es imperioso entender que el núcleo de los gastos del Estado está constituido por todos los subsidios, explícitos e implícitos, al mundo empresarial parasitario. Luego, el ajuste necesario es, básicamente, un ajuste sobre las empresas, no sobre los trabajadores. Para tener éxito con el segundo, es importante fomentar las exportaciones en mejores condiciones de expansión inmediata: minería, energía y economías regionales, así como estimular la sustitución interna de bienes exportables (como la carne vacuna, por ejemplo) y crear líneas nuevas de exportación con bienes que demanden poca inversión y alto uso de mano de obra (piscicultura, cultivos especiales, etc.). El plan supone, entonces, la “desparasitación” del Estado, por un lado; la creación de las bases de una economía centrada en la exportación, por otro.

En consecuencia, las medidas serían las siguientes:

1.    Liquidación compulsiva de los 15.000 millones de dólares guardados en silo-bolsas a tipo de cambio histórico del sector (entre 150 y 200$);
2.    Administración directa por el Estado de las importaciones esenciales;
3.    Control fiscal de las exportaciones;
4.    Reestructuración de la deuda en pesos con bono a veinte años;
5.    Revisión de todos los subsidios otorgados al sector privado y eliminación de los que no demuestren una producción cercana a la rentabilidad real de mercado o una masa de empleos importante;
6.    Reforma monetaria con establecimiento de tipo de cambio competitivo;
7.    Control de precios con adecuación al tipo de cambio establecido en la reforma monetaria;
8.    Revisión completa del sistema de compra estatal y organismos descentralizados;
9.    Drástica reducción de los salarios de los altos funcionarios, políticos y jubilaciones de privilegio, incluyendo gastos de representación, viajes, etc.;
10.    Cierre de todas las dependencias estatales inútiles, sin afectar los empleos;
11.    Renegociación de todos los contratos de obra pública;
12.    Reestructuración general del sistema de obras sociales;
13.    Recuperación de todos los bienes del Estado apropiados por privados;
14.    Ejecución de todas las deudas empresariales con el Estado, sobre todo de las previsionales;
15.    Reforma laboral: blanqueo de todos los trabajadores en negro;
16.    Formación de tribunales especiales contra la corrupción política con trámite rápido y expropiación de los bienes de todos los condenados por corrupción;
17.    Cierre, sin afectación del empleo, de las empresas estatales que no justifiquen adecuadamente su déficit o no propongan un plan realista de rentabilidad en el corto plazo;
18.    Eliminación de todos los gastos por publicidad oficial, subsidios a entidades religiosas y similares;
19.    Creación de un sistema de empresas mixtas estatal/privado con el sector pyme;
20.    Integración de las cooperativas y empresas recuperadas al sistema productivo estatal;
21.    Revisión completa de los costos de transporte y eliminación de “peajes” al sector exportador;
22.    Facilidades para la duplicación de exportaciones en dos años de energía, minería y economías regionales;
23.    Premio impositivo a los exportadores dinámicos;
24.    Eliminación de planes sociales e incorporación de todos los desocupados a la planta del Estado;
25.    Organización de empresas productivas estatales para la exportación con los desocupados incorporados al Estado y con las empresas quebradas por la crisis;
26.    Ley de promoción de las inversiones mineras;
27.    Impuesto permanente a las grandes fortunas.


Se trata, entonces, de estabilizar la economía y dotar al Estado de una base sólida sobre la cual comenzar con las transformaciones más generales. Implica un “desgrasamiento” del aparato del Estado, cuyo peso recaerá sobre la burguesía parasitaria y que reconstruirá, en un plazo breve, no solo un escenario económico manejable, sino un clima social radicalmente distinto. Es posible. Para eso, hay que pensar al revés, no solo del populismo inútil, sino también del consenso liberal que propone sangre, sudor y lágrimas, para nada.
 

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