por Redacción
El analista añadió que: "en una suerte de anarquía controlada, en el Gobierno creen que la Iglesia hace oposición. La elección de los damnificados que eligió la Iglesia no fue casual. En la comunidad religiosa hay una preocupación creciente por el ingreso de los adolescentes al narcomenudeo, como salida laboral exprés, por la incapacidad de los jubilados que cobran la mínima, o apenas por encima, para comprar sus remedios; y por la falta de trabajo, que empieza a verse con más frecuencia en los barrios más humildes de los grandes centros urbanos, donde el catolicismo tiene una fuerte presencia territorial.
El mensaje de García Cuerva tuvo una segunda parte dirigida al corazón de la Casa Rosada. “Lo que nos falta es una clase dirigente que se anime al diálogo, al encuentro y la reconciliación. Que lo hagan por los que no pueden más, por los que perdieron las ganas de seguir y sufren la parálisis de la falta de trabajo”, indicó. Y luego, en otro tramo, agregó: “Basta de arengar la división y la polarización porque nadie se salva solo”.
En otro tiro por elevación a la interna violeta. García Cuerva direccionó su critica condenando “el terrorismo de las redes”, de la violencia verbal y de quienes, instalados detrás de una pantalla, alimentan la descalificación". Se entiende que el planteo no fue casual. La Iglesia observa con preocupación una política argentina dominada por confrontación digital, tribalismo ideológico y deshumanización del adversario.
El prelado también esperaba a Javier Milei con el mapa de la pobreza en la mano. Milei llegó al tedeum con la necesidad política de proyectar cohesión, pero la catedral devolvió otra postal. La homilía de Jorge García Cuerva interpeló a la dirigencia con un llamado al diálogo y la unidad, mientras la exclusión de Victoria Villarruel de la convocatoria profundizó la lectura de una fractura libertaria que ya nadie disimula.
Una vez más, el rito patrio volvió a convertirse en mucho más que una ceremonia religiosa. También hay que decir que en la liturgia del poder argentino, el tedeum funciona como una vidriera política en la que cada gesto, cada saludo y cada ausencia adquieren espesor propio. Esta vez, la tensión interna del oficialismo se filtró desde antes de que comenzara la celebración y terminó cruzando toda la escena.
La decisión de la Secretaría General de la Presidencia de no integrar a la vicepresidenta al esquema central de invitados no pasó inadvertida. En ámbitos eclesiásticos, según reconstruyó, la exclusión fue leída como un gesto impropio para una ceremonia de acción de gracias a la patria. Más de una fuente religiosa la definió como un “escándalo”, no tanto por la figura política de la vicepresidenta, sino por el significado institucional del desplante dentro de una fecha de fuerte simbolismo republicano.
La ausencia de Villarruel tuvo una carga política inevitable. Después de meses de distanciamiento entre Milei y su compañera de fórmula, la catedral volvió a ser espejo de una relación rota. La escena tuvo una dimensión todavía más fuerte por el antecedente del tedeum del año anterior, cuando el Presidente evitó saludar tanto a Villarruel como al alcalde porteño Jorge Macri, en una imagen que quedó congelada como síntesis del aislamiento político que ya comenzaba a asomar.
Un año después, el contraste fue visible. Milei sí se abrazó con Jorge Macri. El gesto, tuvo una lectura política inmediata: una recomposición de la relación con el jefe de Gobierno porteño, después de una temporada marcada por frialdad y tensiones. En una ceremonia en la que nada resultó neutro, el saludo tuvo valor de mensaje. Otra de las que aportó su impronta personal fue Karina Milei, quien requerida por una periodista sobre qué representaba el momento político, dijo "gracias al pueblo por la paciencia". Todos coinciden en que la hermana de Milei aludió con esa frase a las consecuencias del ajuste.
Políticamente en cambio, se notó que Villarruel, quedó otra vez desplazada del centro de la escena. Su exclusión de la convocatoria principal reforzó la percepción de que las fuerzas violetas decidieron correrla de las imágenes institucionales de mayor peso simbólico. En la Iglesia, ese dato no cayó bien. La lógica eclesial del tedeum sigue viendo la fecha como un espacio de unidad y representación, más allá de las fracturas partidarias.
La caminata posterior hacia el Cabildo también expuso jerarquías internas. Milei avanzó junto a Karina Milei, Manuel Adorni, Diego Santilli y otros integrantes del gabinete. También apareció el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, una de las piezas de confianza del triángulo de poder libertario. La foto buscó mostrar orden.
En paralelo, la homilía de García Cuerva funcionó como la verdadera centralidad política de la jornada. El arzobispo construyó un mensaje orientado a tres ejes: deterioro social, fragmentación política y ruptura del vínculo comunitario.
“Basta de arengar la división y la polarización porque nadie se salva solo”, advirtió. La frase quedó picando como núcleo político del discurso, no sólo por la apelación al sistema político en general, sino porque se escuchó frente a un oficialismo atravesado por disputas internas y una dinámica de confrontación permanente.
El arzobispo habló de una “nube de desmembramiento social” que asoma en el horizonte y describió una sociedad donde “diversos intereses juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos”. No fue una homilía abstracta. El lenguaje estuvo atravesado por una crítica a la degradación del tejido social y a la pérdida de empatía en una Argentina donde la Iglesia sigue detectando una fractura entre recuperación macroeconómica y malestar cotidiano.
Ese concepto apareció con fuerza en otra frase que impactó dentro y fuera del templo. “Es cruel y escandalosa la ostentación, el despilfarro y el derroche”, dijo García Cuerva. La oración fue traducida en ámbitos políticos como una advertencia sobre desigualdad, exhibición de privilegios y desconexión con los sectores golpeados por la crisis.
El arzobispo volvió además sobre una narrativa que viene consolidando desde la muerte de Francisco y que retoma parte de la cultura del encuentro bergoglio. Reclamó reconstruir el vínculo social y político, pidió consensos y advirtió sobre la lógica del “sálvese quien pueda”.
“Nos falta una clase dirigente que se anime al diálogo”, lanzó. También reapareció una categoría que ya había utilizado en otros discursos: los “haters”.
La metáfora evangélica del paralítico llevado por cuatro hombres hacia Jesús le sirvió para estructurar una lectura política. El bien común, el diálogo, la amistad social y la esperanza fueron definidos como cuatro acuerdos indispensables para sacar al país de la parálisis.
La transmisión oficial priorizó el abrazo entre Milei y Macri, el saludo con Karina Milei y la presencia de Santiago Caputo, ubicado en la fila de bancos del templo. El asesor volvió a ocupar un lugar silencioso pero central dentro del dispositivo del poder libertario.
Hubo otra imagen llamativa. La senadora Patricia Bullrich sí estuvo en el oficio religioso, pero su presencia política quedó desdibujada dentro del esquema central. Recién se volvió visible al finalizar el tedeum, cuando caminó sola, casi al final del recorrido, hacia el Cabildo. Las cámaras privadas captaron esa secuencia con insistencia. La transmisión oficial eligió otro foco.
Nada pareció casual. En un oficialismo en el que la construcción de poder se mide en fotos, recorridos y posiciones, cada aparición volvió a mostrar una radiografía del momento interno. La catedral, otra vez, actuó como caja de resonancia de tensiones que excedieron lo religioso. Milei llegó para sostener una tradición institucional y mostrar gobernabilidad. García Cuerva usó el púlpito para recordar que sin diálogo, empatía y acuerdos, la fractura puede transformarse en algo más profundo que una disputa política.