por Redacción
El trabajo, elaborado por Rodrigo Martín, Luciano Bizin y Federico Alonso, toma como eje conceptual la reciente encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV, que advierte sobre los riesgos de un paradigma tecnocrático y propone una innovación orientada al bien común.
Según el Observatorio, la discusión sobre tecnología no puede separarse de la realidad social. A través del Indicador de Integración y Desarrollo (IID), el equipo releva anualmente más de 260 barrios del Gran La Plata y construye información basada en 40 variables sociales, urbanas y ambientales. “Los datos y la tecnología son herramientas valiosas, pero nunca sustituyen el conocimiento construido junto a las comunidades”, señalaron los autores.
El documento destaca que la inteligencia artificial puede mejorar la comprensión de los territorios, identificar problemas y diseñar mejores políticas públicas, pero advierte que su valor real depende de su capacidad para reducir desigualdades y ampliar oportunidades. En línea con la encíclica, el Observatorio sostiene que la innovación debe partir de las necesidades concretas de los pueblos y de su sabiduría popular, evitando imponer soluciones ajenas a sus realidades.
En un contexto global marcado por la competencia tecnológica entre potencias, el informe plantea que la pregunta central no es quién desarrolla las herramientas más avanzadas, sino cómo esas capacidades pueden contribuir a resolver desafíos como la pobreza, la exclusión y la fragmentación social. Para los autores, las universidades tienen un rol clave en vincular innovación, conocimiento territorial y compromiso social para que la tecnología no amplíe brechas, sino que ayude a cerrarlas.
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Tecnología, pobreza y dignidad: el desafío que plantea la era de la IA
La irrupción de la inteligencia artificial y la computación cuántica abre oportunidades inéditas para mejorar la vida de millones de personas. Pero también plantea una pregunta central: ¿al servicio de quién estarán estas tecnologías? La reciente encíclica “Magnifica Humanitas” del papa León XIV ofrece una respuesta contundente: la innovación sólo tiene sentido cuando está al servicio de la dignidad humana.
Desde hace años, el Observatorio Socioeconómico de la Universidad Católica de La Plata trabaja en la intersección entre tecnología y pobreza. A través de su Indicador de Integración y Desarrollo, releva anualmente más de 260 barrios populares del Gran La Plata y construye información basada en 40 variables sociales, urbanas y ambientales, con miles de datos obtenidos directamente en territorio. Esa experiencia demuestra que los datos y la tecnología son herramientas valiosas, pero nunca sustituyen el conocimiento construido junto a las comunidades.
En su encíclica, León XIV advierte sobre el riesgo de un paradigma tecnocrático donde la eficiencia y el control terminan desplazando a las personas. Frente a ello, propone una tecnología orientada al bien común, la solidaridad y la cooperación. Es una mirada que coincide con la filosofía inculturada: la innovación debe partir de las necesidades concretas de los pueblos y de su sabiduría popular, no imponer soluciones ajenas a sus realidades.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor los territorios, identificar problemas y diseñar mejores políticas públicas. Sin embargo, su verdadero valor no se mide por la sofisticación de los algoritmos, sino por su capacidad para ampliar oportunidades, reducir desigualdades y fortalecer el desarrollo humano integral.
En un contexto donde las grandes potencias compiten por liderar la revolución tecnológica, la discusión no puede limitarse a quién desarrolla las herramientas más avanzadas. La verdadera pregunta es cómo esas capacidades pueden contribuir a resolver desafíos concretos como la pobreza, la exclusión y la fragmentación social. Allí radica el aporte que pueden realizar las universidades: vincular innovación, conocimiento territorial y compromiso social para que la tecnología no amplíe las brechas existentes, sino que ayude a cerrarlas.